¿Quién le pone el cascabel al gato lógico?
24/1/2006


Se ha escenificado la presentación del proyecto de centro europeo de «soft computing» que tendrá como sede el campus universitario de Mieres y que estará dotado con la suma de 13 millones de euros. ¿Lo necesitamos? ¿Creará puestos de trabajo? ¿Es una esperanza para los estudiantes asturianos con posibilidades y ganas de investigar? ¿Existe un tejido productivo que se aproveche de él y, por consiguiente, genere riqueza? Nadie habla. Apenas se escuchan críticas o, por el contrario, halagos. Se contempla el proyecto con un silencio sepulcral y abundan las caras de póquer.

En realidad, ésta es la segunda entrega de una vieja historia. En el primer capítulo asistimos a la puesta en marcha del nuevo campus universitario de Barreo. Éste se presentó en su día con un entusiasmo no disimulado y como si fuera la piedra filosofal con la que atajar los males que enfermaban al concejo. Transcurridos unos años no ha podido quitarse de encima cierta aura de fracaso, debida principalmente a la escasez de nuevas titulaciones en oferta, ya que tan sólo una más, ingeniero técnico forestal, se ha añadido a las que durante décadas se llevan impartiendo en la villa de Teodoro Cuesta. No ayudó a mejorar las cosas la sonada bronca sobre el traslado de la, al final, inamovible Escuela Superior de Minas.

Es un campus que vive de espaldas a la ciudad, que no afecta en nada a su economía (¿cuántos puestos de trabajo reales genera el campus para la gente de Mieres, más allá de alguna cafetería, copistería o librería especializada?), un lugar al que los estudiantes que no son oriundos llegan indirectamente y cuando terminan sus clases se van. Además, Mieres carece de atractivos por los que merezca la pena quedarse: alquileres escasos y caros, escasísima oferta cultural (de la Casa de Cultura mejor no hablamos, de la total ausencia de cines en la comarca, tampoco), oferta de ocio reducida a la juerga nocturna (cada vez más decaída, por cierto).

Faltó un ejercicio de realismo frente a la euforia precoz e interesada manejada para publicitarlo. Eso sí, no faltan los discursos triunfalistas para decir que con Mieres ya se cumplió gracias a esa inversión milmillonaria: ¿acaso un campus universitario, aún en el caso de que funcionara, puede sustituir a los miles de puestos de trabajo perdidos en las últimas dos décadas?

Hoy la Escuela Universitaria de Ingenieros Técnicos, aunque no exenta de virtudes, muchas de ellas potenciales, es tildada por la ciudadanía como algo a lo que le queda mucho para acercarse a las metas y a los objetivos prometidos.

Al no encontrar licenciaturas que completasen la oferta comenzó una búsqueda desesperada de nuevas opciones. Si no era una nueva carrera, olvidada ya la idea de trasladar Minas de Uviéu por imposible, otra cosa debía de encontrarse. La situación no podía quedar así. Entonces encontraron en medio del camino a Lotfi Zadeh, el padre de la lógica difusa. Hay que reconocer que la operación tiene su intríngulis, porque ¿quién se atreve a oponerse al Dios progreso, a la ciencia elevada, a la más alta excelencia, usando el vocabulario de nuestro presidente Areces? Pero bajo la máscara de la investigación de vanguardia se esconden una buena colección de despropósitos y, lo que es peor, un trato despótico hacia la gente de Mieres a la que se está engañando con algo tan complejo y enrevesado que es casi imposible de refutar. Para empezar deberíamos dejar claro, y deberían de hacerlo las autoridades competentes, que el instituto anunciado no puede traer consecuencias inmediatas sobre el empleo en las Cuencas. Generará pocos puestos de trabajo, todos ellos altamente especializados, y ni siquiera hay garantías de que estudiantes de nuestra Universidad logren trabajar en alguna de las pocas plazas disponibles, dada la exclusividad de su objetivo.

A través del «soft computing» se diseñarán prototipos y modelos que no pueden ser desarrollados ni construidos en Asturies ni en España. Empresas como Duro Felguera o Arcelor no podrán fabricarlos, para poner un ejemplo. Sólo los países con un tejido productivo idóneo y avanzado están preparados para beneficiarse de algo así. Y lo que necesita Asturies y Mieres son proyectos que ayuden a paliar el problema del desempleo, no quimeras derrochadoras que sólo pueden darnos una pátina de prestigio. Porque debajo de la pátina, si rascamos, sigue el mismo despropósito de siempre.

En la Universidad ha despertado no pocos comentarios maliciosos el hecho de que Alemania haya pasado olímpicamente del proyecto y nos lo haya cedido como haciéndonos un favor. En muchos departamentos hay muestras de indignación no disimulada, ya que padecemos un sistema universitario que carece de medios para investigar. Contamos con estudiantes brillantísimos que acceden a las becas «post-doc» en EE UU y en Europa y luego vuelven para colgar la bata. Consiguen un trabajo en una empresa, normalmente fuera de Asturies, y ahí terminó el sueño de la ciencia. Decenas de proyectos de investigación con menos de cien mil euros de presupuesto quedan en el cajón por falta de fondos y ahora nos encontramos de golpe y porrazo con una inversión de 13 millones destinados a un solo y específico propósito.

En un ejercicio hábil y llevando el agua a su molino Zadeh reclama gestos audaces en Europa, siendo esto un reconocimiento implícito de la falta de seguridad intrínseca del proyecto y en un arranque que lo desvela todo afirma que la ampliación de Barreo tendrá consecuencias a largo plazo sobre el índice de paro en el Viejo Continente. El acuciante paro de las Cuencas no se menciona. ¿A qué se refiere este ilustre científico cuando habla de que tradicionalmente el presupuesto para investigación se divide en cachinos y que ésta es una manera vieja de actuar? En Asturies tenemos una forma peculiar de solventar la frase de Ramón y Cajal «investigar en España es llorar»: simplemente no se investiga. No existen tales cachinos.
¿Es lógico este centro de lógica? Lo que necesitamos, y urgentemente, es otra política respecto de la Universidad. Necesitamos incentivar más a las empresas (privadas y, ¿por qué no?, públicas y asturianas) para que emprender el camino del I+D+i sea atrayente. Y también necesitamos repartir el dinero de forma atomizada como recomienda la política hecha al respecto en aquellos países que están a la cabeza en esta cuestión crucial, como EE UU y Japón. Mucho dinero repartido en departamentos pequeños les ha hecho conseguir con el tiempo grandes centros investigadores. Es una política que requiere sus tiempos y que debe primero enraizar en una base amplia y sólida que se sostenga e interactúe con desarrollos posteriores de mayor envergadura.

Existe un tragicómico paralelismo entre esta historia y lo que sucedió cuando el anterior primer ministro español, José María Aznar, se empecinó en llevar el ITER, el reactor comercial de fusión, a Vandellós. Al final nadie lo ayudó a conseguir su propósito. Científicos españoles alzaron la voz para protestar ante tamaña y descabellada ocurrencia. Utilizaron un símil futbolístico para desmontar la idea que le viene al pelo a todo lo que rodea el futuro complejo dedicado a la lógica difusa en el campus de Barreo. Sería, dijeron, como llevar el Mundial de fútbol a un país donde no hay ni balones de trapo.

Faustino Zapico Álvarez ye portavoz d'Izquierda Asturiana (IAS) en Mieres.

Artículu publicáu en La Nueva España
el 21 de feberu de 2006


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