| Se
ha escenificado la presentación del
proyecto de centro europeo de «soft
computing» que tendrá como
sede el campus universitario de Mieres y
que estará dotado con la suma de
13 millones de euros. ¿Lo necesitamos?
¿Creará puestos de trabajo?
¿Es una esperanza para los estudiantes
asturianos con posibilidades y ganas de
investigar? ¿Existe un tejido productivo
que se aproveche de él y, por consiguiente,
genere riqueza? Nadie habla. Apenas se escuchan
críticas o, por el contrario, halagos.
Se contempla el proyecto con un silencio
sepulcral y abundan las caras de póquer.
En realidad, ésta es la segunda entrega
de una vieja historia. En el primer capítulo
asistimos a la puesta en marcha del nuevo
campus universitario de Barreo. Éste
se presentó en su día con
un entusiasmo no disimulado y como si fuera
la piedra filosofal con la que atajar los
males que enfermaban al concejo. Transcurridos
unos años no ha podido quitarse de
encima cierta aura de fracaso, debida principalmente
a la escasez de nuevas titulaciones en oferta,
ya que tan sólo una más, ingeniero
técnico forestal, se ha añadido
a las que durante décadas se llevan
impartiendo en la villa de Teodoro Cuesta.
No ayudó a mejorar las cosas la sonada
bronca sobre el traslado de la, al final,
inamovible Escuela Superior de Minas.
Es un campus que vive de espaldas a la ciudad,
que no afecta en nada a su economía
(¿cuántos puestos de trabajo
reales genera el campus para la gente de
Mieres, más allá de alguna
cafetería, copistería o librería
especializada?), un lugar al que los estudiantes
que no son oriundos llegan indirectamente
y cuando terminan sus clases se van. Además,
Mieres carece de atractivos por los que
merezca la pena quedarse: alquileres escasos
y caros, escasísima oferta cultural
(de la Casa de Cultura mejor no hablamos,
de la total ausencia de cines en la comarca,
tampoco), oferta de ocio reducida a la juerga
nocturna (cada vez más decaída,
por cierto).
Faltó un ejercicio
de realismo frente a la euforia precoz e
interesada manejada para publicitarlo. Eso
sí, no faltan los discursos triunfalistas
para decir que con Mieres ya se cumplió
gracias a esa inversión milmillonaria:
¿acaso un campus universitario, aún
en el caso de que funcionara, puede sustituir
a los miles de puestos de trabajo perdidos
en las últimas dos décadas?
Hoy la Escuela Universitaria
de Ingenieros Técnicos, aunque no
exenta de virtudes, muchas de ellas potenciales,
es tildada por la ciudadanía como
algo a lo que le queda mucho para acercarse
a las metas y a los objetivos prometidos.
Al no encontrar licenciaturas
que completasen la oferta comenzó
una búsqueda desesperada de nuevas
opciones. Si no era una nueva carrera, olvidada
ya la idea de trasladar Minas de Uviéu
por imposible, otra cosa debía de
encontrarse. La situación no podía
quedar así. Entonces encontraron
en medio del camino a Lotfi Zadeh, el padre
de la lógica difusa. Hay que reconocer
que la operación tiene su intríngulis,
porque ¿quién se atreve a
oponerse al Dios progreso, a la ciencia
elevada, a la más alta excelencia,
usando el vocabulario de nuestro presidente
Areces? Pero bajo la máscara de la
investigación de vanguardia se esconden
una buena colección de despropósitos
y, lo que es peor, un trato despótico
hacia la gente de Mieres a la que se está
engañando con algo tan complejo y
enrevesado que es casi imposible de refutar.
Para empezar deberíamos dejar claro,
y deberían de hacerlo las autoridades
competentes, que el instituto anunciado
no puede traer consecuencias inmediatas
sobre el empleo en las Cuencas. Generará
pocos puestos de trabajo, todos ellos altamente
especializados, y ni siquiera hay garantías
de que estudiantes de nuestra Universidad
logren trabajar en alguna de las pocas plazas
disponibles, dada la exclusividad de su
objetivo.
A través del «soft
computing» se diseñarán
prototipos y modelos que no pueden ser desarrollados
ni construidos en Asturies ni en España.
Empresas como Duro Felguera o Arcelor no
podrán fabricarlos, para poner un
ejemplo. Sólo los países con
un tejido productivo idóneo y avanzado
están preparados para beneficiarse
de algo así. Y lo que necesita Asturies
y Mieres son proyectos que ayuden a paliar
el problema del desempleo, no quimeras derrochadoras
que sólo pueden darnos una pátina
de prestigio. Porque debajo de la pátina,
si rascamos, sigue el mismo despropósito
de siempre.
En la Universidad ha despertado
no pocos comentarios maliciosos el hecho
de que Alemania haya pasado olímpicamente
del proyecto y nos lo haya cedido como haciéndonos
un favor. En muchos departamentos hay muestras
de indignación no disimulada, ya
que padecemos un sistema universitario que
carece de medios para investigar. Contamos
con estudiantes brillantísimos que
acceden a las becas «post-doc»
en EE UU y en Europa y luego vuelven para
colgar la bata. Consiguen un trabajo en
una empresa, normalmente fuera de Asturies,
y ahí terminó el sueño
de la ciencia. Decenas de proyectos de investigación
con menos de cien mil euros de presupuesto
quedan en el cajón por falta de fondos
y ahora nos encontramos de golpe y porrazo
con una inversión de 13 millones
destinados a un solo y específico
propósito.
En un ejercicio hábil
y llevando el agua a su molino Zadeh reclama
gestos audaces en Europa, siendo esto un
reconocimiento implícito de la falta
de seguridad intrínseca del proyecto
y en un arranque que lo desvela todo afirma
que la ampliación de Barreo tendrá
consecuencias a largo plazo sobre el índice
de paro en el Viejo Continente. El acuciante
paro de las Cuencas no se menciona. ¿A
qué se refiere este ilustre científico
cuando habla de que tradicionalmente el
presupuesto para investigación se
divide en cachinos y que ésta es
una manera vieja de actuar? En Asturies
tenemos una forma peculiar de solventar
la frase de Ramón y Cajal «investigar
en España es llorar»: simplemente
no se investiga. No existen tales cachinos.
¿Es lógico este centro de
lógica? Lo que necesitamos, y urgentemente,
es otra política respecto de la Universidad.
Necesitamos incentivar más a las
empresas (privadas y, ¿por qué
no?, públicas y asturianas) para
que emprender el camino del I+D+i sea atrayente.
Y también necesitamos repartir el
dinero de forma atomizada como recomienda
la política hecha al respecto en
aquellos países que están
a la cabeza en esta cuestión crucial,
como EE UU y Japón. Mucho dinero
repartido en departamentos pequeños
les ha hecho conseguir con el tiempo grandes
centros investigadores. Es una política
que requiere sus tiempos y que debe primero
enraizar en una base amplia y sólida
que se sostenga e interactúe con
desarrollos posteriores de mayor envergadura.
Existe un tragicómico
paralelismo entre esta historia y lo que
sucedió cuando el anterior primer
ministro español, José María
Aznar, se empecinó en llevar el ITER,
el reactor comercial de fusión, a
Vandellós. Al final nadie lo ayudó
a conseguir su propósito. Científicos
españoles alzaron la voz para protestar
ante tamaña y descabellada ocurrencia.
Utilizaron un símil futbolístico
para desmontar la idea que le viene al pelo
a todo lo que rodea el futuro complejo dedicado
a la lógica difusa en el campus de
Barreo. Sería, dijeron, como llevar
el Mundial de fútbol a un país
donde no hay ni balones de trapo.
Faustino Zapico Álvarez
ye portavoz d'Izquierda Asturiana (IAS)
en Mieres.
Artículu
publicáu en La Nueva España
el 21 de feberu de 2006
|