Belarmino Tomás, un hombre de circunstancias
28/10/2006


Otro año más, pasó ya el aniversario de la revolución de 1934. Otro año más, varias fuerzas de la izquierda asturiana organizaron discretos actos commemorativos de aquellos acontecimientos, que van desde la nostalgia épico-festiva al homenaje más o menos formal, pasando por la campaña reivindicativa que ve en la lucha presente el mejor tributo a la lucha pasada.

Da que pensar que las izquierdas asturianas no han podido –no hemos podido- convertir el aniversario del 34 en un acontecimiento de celebración ya no conjunta pero sí convergente, como ocurre con otras izquierdas europeas con acontecimientos señalados, como la revolución espartaquista para la alemana o la liberación del fascismo para la italiana, por poner dos casos. La revolución asturiana es de esta forma poliédrica, tanto en la conmemoración como en el enfoque de su análisis y protagonistas. El carácter de vanguardia compartida del proceso revolucionario hace incluso complicado ponerle una cara única como símbolo del mismo: ¿Ramón González Peña, el socialista encargado de dirigir el proceso que se marchó en medio del mismo? ¿Aida Lafuente, la mártir comunista? ¿José María Martínez, el cenetista que hizo posible la unidad proletaria? ¿O Belarmino Tomás, el líder del tercer Comité revolucionario al que le tocó gestionar la derrota? De unos años acá, es Tomás la figura más reivindicada por sectores no vinculados directamente a su tradición política, esto es, la socialista.

¿Pero quién era Belarmino Tomás? Su biografía no se reduce evidentemente a los acontecimientos de octubre, sinón que es mui representativa de la de miles de cuadros del movimientu obrero asturiano, que hicieron de su vida una dedicación absoluta a la causa de su clase. Nacido en Llavandera (Xixón) en 1892 en una familia obrera que años después se desplazó a la Cuenca del Nalón, Belarmino Tomás iniciaría su actividad política en las filas socialistas a punto de cumplir los catorce años. Con dieciséis sería tesorero del primer sindicato minero que hubo en Asturies, El Despertar del Minero, y con dieciocho, uno de los miembros fundadores del SOMA, en la famosa asamblea de Vegaotos (Mieres) en 1910. En 1911 ya es uno de los motores del primer conflictu iniciado por el nuevo sindicato, y en 1917 participa en la huelga general revolucionaria de agosto de ese mismo año, una de las paradojas de la política española y asturiana: un partido socialdemócrata organizando una huelga revolucionaria en común con anarquistas, republicanos y reformistas de centro-izquierda. Esa situación, la del socialdemócrata metido a revolucionario por la fuerza de las circunstancias, va anticipar el proceso de 1934. Un reformismo el del PSOE y el SOMA que, después de todo, saca resultados: una vez acabada la I Guerra Mundial, los mineros asturianos son los primeros del mundo en lograr la jornada de siete horas, gracias, entre otros, a un Belarmino Tomás convertido en presidente del sindicato en 1919.

Pero en política no siempre hay líneas rectas, y entre los sindicalistas acostumbrados a negociar menos. En 1923 el PSOE y la UGT dan un ximielgón a la derecha aceptando colaborar con la dictadura de Primo de Rivera, dictadura que reprime a anarquistas y comunistas. Cuando éstos acaban formando un nuevo sindicato, el SUMA, que amenaza la hegemonía del SOMA, vuelve el giro a la izquierda, y en 1930 el PSOE y con él Belarmino Tomás vuelven a caminar por el camino de la huelga revolucionaria.

En 1931 llega la II República, y Tomás es Presidente de la Federación Nacional de Mineros de la UGT. Cercano al sector centrista del PSOE liderado por Indalecio Prieto, apoya la participación gubernamental de los socialistas con los republicanos, con el resultáu ya conocido de defraudar a la izquierda, por ir muy despacio en las transformaciones, y de espantar a la derecha, por intentar esas mismas transformaciones.

Otra vez el giro a la izquierda de la mano de Prieto, apuntado al movimiento de octubre no para hacer una revolución sino pa dar un golpe de estado que obligue a los radicales a salir del gobierno y volver a la colaboración republicano-socialista machacada por la derrota electoral del ‘33. Pero en Asturies no, en Asturies la cosa va en serio: la Alianza Obrera existía de verdad, y representaba a todas las tendencias del proletariado organizado; había armas porque había una planificación consciente de la insurrección, y había, por encima de todo, una clase obrera organizada y que, de coger los hierros, quería cogerlos por algo más que un cambio ministerial.

Y llegó la revolución, y los dirigentes reformistas de la FSA y de la UGT la dirigieron, y con un heroismo y una entrega digna de admiración. Belarmino Tomás, presidente del Comité Revolucionario de Llangréu, pasa a presidir el asturiano el día 13, cuando la revolución está derrotada en todo el Estado menos en Asturies y la constatación de la derrota contrasta con la voluntad de resistencia del proletariado en armas. Y así, como líder de una revolución derrotada pero todavía en pie, Belarmino Tomás negociará de tú a tú la rendición al general López Ochoa, ahorrando así un sufrimiento inútil a los partidarios de la causa. Después, a aguantar la represión, para volver en 1936 con el Frente Popular: Tomás sale diputado por Asturies en una candidatura victoriosa que quiere retomar la política reformista del primer bienio republicano, pero con una gran presión desde la base obrera para radicalizar el proceso y una conspiración organizada por la derecha para impedirlo.

En julio de 1936 empieza la guerra civil, y Belarmino Tomás pasa a ser el Gobernador Civil de Asturies puesto por el gobierno central, y en calidad del mismo dirige la resistencia al golpe fascista. Lo que en un comienzo es el Comité Provincial del Frente popular acaba siendo un gobierno autónomo, el Consejo Interprovincial de Asturias y León, y en agosto de 1937, con el frente norte medio deshecho por la ofensiva franquista, ese Consejo Interprovincial, harto de obedecer a un gobierno central que no cree que entienda la dinámica bélica asturiana, decide proclamarse soberano. Nueva paradoja: el reformista metido a revolucionario por la fuerza de las circunstancias acaba siendo un centralista metido a soberanista por la misma razón. Lo que no logró en toda la guerra ni el nacionalismo vasco ni el catalán, la soberanía total, la consiguió Asturies por no entendesre con el gobierno central.

Después de caer Asturies, a Madrid, y en abril de 1939 vemos a Belarmino Tomás apoyando el golpe de Estado del coronel Casado, donde parte del PSOE y la CNT colaboran en machacar un gobierno presidido por un socialista, Negrín, y con ello las pocas posibilidades de resistencia que quedaban. El espíritu unitario de la Alianza Obrera, el Frente Popular y el Consejo Interprovincial quedan atrás y ahora queda el rencor hacia los comunistas y los propios socialistas que siguen fieles a Negrín.

Los últimos años de Belarmino Tomás en el exilio mexicano no son ermos de actividad política. En México, además de ganarse la vida vendiendo alpargatas, como es ya bien conocido, Tomás participa en la reconstrucción del PSOE y la UGT de obediencia prietista, y se convierte en un propagandista a sueldo de la AFL-CIO, la central sindical norteamericana, que recorre América Latina denunciando la infiltración comunista en el movimiento obrero. Respecto a España, la misma línea: unidad de todos los antifranquistas, menos el PCE, para lograr el apoyo de Gran Bretaña y USA a la restauración de la República, sueño éste que la realpolitik de la guerra fría y la política exterior de las potencias liberales hicieron imposible. Y así muere, en 1950, un hombre que ejemplificó en su biografía las contradicciones y los giros de nuestra izquierda, un hombre que, queriendo ser fiel a su clase, representó tanto la dignidad como el oportunismo del socialismo asturiano.


Faustino Zapico Álvarez ye Historiador y miembru de la Dirección Nacional d’Izquierda Asturiana (IAS)

Artículu publicáu en Les Noticies
el 28 d'ochobre de 2006


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