| Otro
año más, pasó ya el
aniversario de la revolución de 1934.
Otro año más, varias fuerzas
de la izquierda asturiana organizaron discretos
actos commemorativos de aquellos acontecimientos,
que van desde la nostalgia épico-festiva
al homenaje más o menos formal, pasando
por la campaña reivindicativa que
ve en la lucha presente el mejor tributo
a la lucha pasada.
Da que pensar que las izquierdas
asturianas no han podido –no hemos
podido- convertir el aniversario del 34
en un acontecimiento de celebración
ya no conjunta pero sí convergente,
como ocurre con otras izquierdas europeas
con acontecimientos señalados, como
la revolución espartaquista para
la alemana o la liberación del fascismo
para la italiana, por poner dos casos. La
revolución asturiana es de esta forma
poliédrica, tanto en la conmemoración
como en el enfoque de su análisis
y protagonistas. El carácter de vanguardia
compartida del proceso revolucionario hace
incluso complicado ponerle una cara única
como símbolo del mismo: ¿Ramón
González Peña, el socialista
encargado de dirigir el proceso que se marchó
en medio del mismo? ¿Aida Lafuente,
la mártir comunista? ¿José
María Martínez, el cenetista
que hizo posible la unidad proletaria? ¿O
Belarmino Tomás, el líder
del tercer Comité revolucionario
al que le tocó gestionar la derrota?
De unos años acá, es Tomás
la figura más reivindicada por sectores
no vinculados directamente a su tradición
política, esto es, la socialista.
¿Pero quién
era Belarmino Tomás? Su biografía
no se reduce evidentemente a los acontecimientos
de octubre, sinón que es mui representativa
de la de miles de cuadros del movimientu
obrero asturiano, que hicieron de su vida
una dedicación absoluta a la causa
de su clase. Nacido en Llavandera (Xixón)
en 1892 en una familia obrera que años
después se desplazó a la Cuenca
del Nalón, Belarmino Tomás
iniciaría su actividad política
en las filas socialistas a punto de cumplir
los catorce años. Con dieciséis
sería tesorero del primer sindicato
minero que hubo en Asturies, El Despertar
del Minero, y con dieciocho, uno de los
miembros fundadores del SOMA, en la famosa
asamblea de Vegaotos (Mieres) en 1910. En
1911 ya es uno de los motores del primer
conflictu iniciado por el nuevo sindicato,
y en 1917 participa en la huelga general
revolucionaria de agosto de ese mismo año,
una de las paradojas de la política
española y asturiana: un partido
socialdemócrata organizando una huelga
revolucionaria en común con anarquistas,
republicanos y reformistas de centro-izquierda.
Esa situación, la del socialdemócrata
metido a revolucionario por la fuerza de
las circunstancias, va anticipar el proceso
de 1934. Un reformismo el del PSOE y el
SOMA que, después de todo, saca resultados:
una vez acabada la I Guerra Mundial, los
mineros asturianos son los primeros del
mundo en lograr la jornada de siete horas,
gracias, entre otros, a un Belarmino Tomás
convertido en presidente del sindicato en
1919.
Pero en política
no siempre hay líneas rectas, y entre
los sindicalistas acostumbrados a negociar
menos. En 1923 el PSOE y la UGT dan un ximielgón
a la derecha aceptando colaborar con la
dictadura de Primo de Rivera, dictadura
que reprime a anarquistas y comunistas.
Cuando éstos acaban formando un nuevo
sindicato, el SUMA, que amenaza la hegemonía
del SOMA, vuelve el giro a la izquierda,
y en 1930 el PSOE y con él Belarmino
Tomás vuelven a caminar por el camino
de la huelga revolucionaria.
En 1931 llega la II República,
y Tomás es Presidente de la Federación
Nacional de Mineros de la UGT. Cercano al
sector centrista del PSOE liderado por Indalecio
Prieto, apoya la participación gubernamental
de los socialistas con los republicanos,
con el resultáu ya conocido de defraudar
a la izquierda, por ir muy despacio en las
transformaciones, y de espantar a la derecha,
por intentar esas mismas transformaciones.
Otra vez el giro a la izquierda
de la mano de Prieto, apuntado al movimiento
de octubre no para hacer una revolución
sino pa dar un golpe de estado que obligue
a los radicales a salir del gobierno y volver
a la colaboración republicano-socialista
machacada por la derrota electoral del ‘33.
Pero en Asturies no, en Asturies la cosa
va en serio: la Alianza Obrera existía
de verdad, y representaba a todas las tendencias
del proletariado organizado; había
armas porque había una planificación
consciente de la insurrección, y
había, por encima de todo, una clase
obrera organizada y que, de coger los hierros,
quería cogerlos por algo más
que un cambio ministerial.
Y llegó la revolución,
y los dirigentes reformistas de la FSA y
de la UGT la dirigieron, y con un heroismo
y una entrega digna de admiración.
Belarmino Tomás, presidente del Comité
Revolucionario de Llangréu, pasa
a presidir el asturiano el día 13,
cuando la revolución está
derrotada en todo el Estado menos en Asturies
y la constatación de la derrota contrasta
con la voluntad de resistencia del proletariado
en armas. Y así, como líder
de una revolución derrotada pero
todavía en pie, Belarmino Tomás
negociará de tú a tú
la rendición al general López
Ochoa, ahorrando así un sufrimiento
inútil a los partidarios de la causa.
Después, a aguantar la represión,
para volver en 1936 con el Frente Popular:
Tomás sale diputado por Asturies
en una candidatura victoriosa que quiere
retomar la política reformista del
primer bienio republicano, pero con una
gran presión desde la base obrera
para radicalizar el proceso y una conspiración
organizada por la derecha para impedirlo.
En julio de 1936 empieza
la guerra civil, y Belarmino Tomás
pasa a ser el Gobernador Civil de Asturies
puesto por el gobierno central, y en calidad
del mismo dirige la resistencia al golpe
fascista. Lo que en un comienzo es el Comité
Provincial del Frente popular acaba siendo
un gobierno autónomo, el Consejo
Interprovincial de Asturias y León,
y en agosto de 1937, con el frente norte
medio deshecho por la ofensiva franquista,
ese Consejo Interprovincial, harto de obedecer
a un gobierno central que no cree que entienda
la dinámica bélica asturiana,
decide proclamarse soberano. Nueva paradoja:
el reformista metido a revolucionario por
la fuerza de las circunstancias acaba siendo
un centralista metido a soberanista por
la misma razón. Lo que no logró
en toda la guerra ni el nacionalismo vasco
ni el catalán, la soberanía
total, la consiguió Asturies por
no entendesre con el gobierno central.
Después de caer
Asturies, a Madrid, y en abril de 1939 vemos
a Belarmino Tomás apoyando el golpe
de Estado del coronel Casado, donde parte
del PSOE y la CNT colaboran en machacar
un gobierno presidido por un socialista,
Negrín, y con ello las pocas posibilidades
de resistencia que quedaban. El espíritu
unitario de la Alianza Obrera, el Frente
Popular y el Consejo Interprovincial quedan
atrás y ahora queda el rencor hacia
los comunistas y los propios socialistas
que siguen fieles a Negrín.
Los últimos años
de Belarmino Tomás en el exilio mexicano
no son ermos de actividad política.
En México, además de ganarse
la vida vendiendo alpargatas, como es ya
bien conocido, Tomás participa en
la reconstrucción del PSOE y la UGT
de obediencia prietista, y se convierte
en un propagandista a sueldo de la AFL-CIO,
la central sindical norteamericana, que
recorre América Latina denunciando
la infiltración comunista en el movimiento
obrero. Respecto a España, la misma
línea: unidad de todos los antifranquistas,
menos el PCE, para lograr el apoyo de Gran
Bretaña y USA a la restauración
de la República, sueño éste
que la realpolitik de la guerra fría
y la política exterior de las potencias
liberales hicieron imposible. Y así
muere, en 1950, un hombre que ejemplificó
en su biografía las contradicciones
y los giros de nuestra izquierda, un hombre
que, queriendo ser fiel a su clase, representó
tanto la dignidad como el oportunismo del
socialismo asturiano.
Faustino Zapico Álvarez
ye Historiador y miembru de la Dirección
Nacional d’Izquierda Asturiana (IAS)
Artículu
publicáu en Les Noticies
el 28 d'ochobre de 2006
|