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pasado jueves 25 de mayo se cumplió,
sin pena ni gloria como todos los años,
el 198 aniversario de uno de los acontecimientos
más sobresalientes de la Historia
asturiana: la proclamación de soberanía
de la Junta General del Principado acompañada
de la declaración de guerra a la
Francia napoleónica. Estos acontecimientos,
que suponen el inicio de la Historia contemporánea
asturiana -porque marcan el principio del
fin del Antiguo Régimen y la irrupción
de las masas populares en la política-
y que tuvieron enorme trascendencia en su
momento, pasan hoy desapercibidos para la
inmensa mayoría de la población
incluida la clase política representada
en una Junta General que no tiene ni de
lejos ni las atribuciones ni la altura de
miras que tuvieron los diputados de aquella
de mayo de 1808. Únicamente algunas
organizaciones cívicas e Izquierda
Asturiana (IAS) apostamos por mantener viva
la llama de la memoria histórica.
Vale la pena repasar los
hechos. El 9 de mayo de 1808 llegan a Asturies
las primeras noticias de la masacre del
2 de mayo en Madrid, donde las tropas napoleónicas
reprimen con salvajismo la sublevación
del pueblo de Madrid. Ese mismo día
estalla un motín popular en Uviéu
encabezado por mujeres y estudiantes que
lleva a la Junta General (quiso la feliz
casualidad histórica que ese mes
fuera su período de sesiones) a celebrar
una reunión ampliada a otros sectores
sociales (cabildo catedralicio, Universidad
y gremios artesanos) que decidió
no reconocer a otro rey que a Fernando VII
e iniciar los preparativos bélicos.
El 13 de mayo la mayoría de los diputados,
que habían tomado la decisión
de rebelarse bajo presión popular,
dan marcha atrás y revocan los acuerdos.
Una minoría de diputados, encabezada
por el recién elegido Procurador
General, Álvaro Flórez Estrada,
inicia la conspiración. La noche
del 24 al 25 de mayo los rebeldes, apoyados
por los militares y obreros de la fábrica
de armas, toman la Real Audiencia, representante
del gobierno central, y obligan a su presidente
a convocar una sesión extraordinaria
de la Junta, convocando solamente a los
quince diputados partidarios de la guerra.
Al mismo tiempo, casi 3.000 campesinos armados
provenientes de los concejos vecinos toman
la capital. La mañana del 25 de mayo,
la Junta General se proclamaba soberana,
declaraba la guerra a Francia, nombraba
embajadores en Inglaterra para solicitar
ayuda militar e iniciaba la formación
del Exército Defensivo Asturiano.
Si esos sucesos llegan
a pasar en alguna de las llamadas “nacionalidades
históricas” no podemos ni imaginarnos
lo pesada que se pondría tanto la
clase política de esas comunidades
como la nuestra, la asturiana, tan dispuesta
a reconocer las “realidades nacionales”
ajenas como reacia a aceptar la. Si debe
haber un día de Asturies, entendido
como jornada de celebración de la
identidad colectiva, no hay duda que el
25 de mayo es mucho más propicio
que el 8 de septiembre, que es estrictamente
una festividad religiosa (el día
de la Virgen de Covadonga, y no el aniversario
de la batalla del mismo nombre, del que
desconocemos la fecha exacta).
Y es que el 25 de mayo
es un acontecimiento poliédrico,
susceptible de numerosas interpretaciones,
y precisamente por ello lo más indicado
para convertirse en jornada colectiva de
Asturies. Todas las corrientes políticas
presentes hoy en la sociedad asturiana tienen
motivos para verse reflejadas en las jornadas
de mayo: la derecha conservadora puede ver
la sublevación popular en defensa
de la religión y el rey legítimo;
los liberales pueden considerarla como el
primer clavo en el ataúd del Antiguo
Régimen, por el carácter revolucionario
burgués de sus dirigentes y las medidas
que adoptaron; desde la izquierda vemos
la irrupción de las masas populares
en la vida política, pero lo que
nadie podrá negar -y es lo que reivindicamos
desde la izquierda asturianista- es la realidad
incostestable de que esto constituye el
primer acto de autodeterminación
del pueblo asturiano: el 25 de mayo Asturies
se declaró soberana, no para constituir
un estado independiente, sino para proclamar
que no admitía el dominio francés
y sí el de Fernando VII. Que el esfuerzo
era digno de mejor causa es evidente (Fernando
VII fue posiblemente el rey más estúpido,
cruel y miserable de la Historia española,
y eso que hay un amplio catálogo
para elegir) pero no por ello hay que restar
importancia al hecho en sí: El 25
de mayo supuso un proceso de autodeterminación
colectiva basada en un profundo sentimiento
identitario, ejemplificado en la creación
de la bandera asturiana y la propia denominación
del ejército.
Resulta curioso que Asturies
entrara en la época contemporánea
dueña de su destino y que décadas
después quedara subsumida en el Estado
centralista y uniformizador que construyó
el liberalismo moderado, pero resulta indignante
que la clase política asturiana siga
empeñada en profundizar ese modelo
que únicamente trajo dependencia
y sucursalismo, en vez de apostar por el
autogobierno como herramienta de democracia,
justicia social y autoreconocimiento colectivo
del pueblo asturiano. Asturies necesita
reconocerse a sí misma, no por mimetismo
hacia otros pueblos, sino porque es condición
indispensable para iniciar un proceso de
regeneración política, cultural
y económica del que salga un país
más justo y solidario que no obligue
a lo mejor de su juventud a convertirse
en leyendas urbanas. En la Historia asturiana
tenemos numerosos ejemplos de que cuando
este pueblo estuvo unido y consciente de
sí y de su fuerza, fue capaz de tomar
el cielo por asalto. Recordémoslo,
celebrémoslo, no por nostalgia de
lo que fuimos, sino para saber lo que podemos
ser: únicos dueños de nuestro
futuro.
Faustino Zapico Álvarez
ye Historiador y miembru de la Dirección
Nacional d’Izquierda Asturiana (IAS)
Artículu
publicáu en La Nueva España
el 3 de junio de 2006
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