| La
cartografía imaginaria parece ser
un vicio muy extendido en política.
Diseñar el mapa de la nación
soñada, que reintegre a la madre
patria a aquellos territorios casi siempre
arrebatados por la perfidia del vecino es
una tarea a la que se dedican con fruición
numerosos nacionalismos tanto de estado
como periféricos (no todos ni mucho
menos, claro está), siendo casi siempre
la víctima propiciatoria de este
afán expansionista aquellos países
vecinos en proceso de crisis y/o malgobierno.
Ese es el caso en el que se encuentra Asturies
actualmente desde que determinados sectores
del galleguismo se lanzaron por la senda
del imperialismo enano. Y no estamos hablando
de un discurso exclusivo del movimiento
nacionalista, sino que la creencia en una
Galicia usurpada en tierra asturiana forma
parte del imaginario político de
buena parte de la clase política
gallega, que da por cierta la afirmación
de que los territorios entre el Navia y
el Eo formaron parte de Galicia hasta 1833.
De todos es sabido que
lo que somos y nos atrevemos a soñar
con ser está generalmente condicionado
por lo que fuimos o creemos que fuimos.
La percepción que tenemos del pasado
es un elemento fundamental a la hora de
configurar el presente político.
Por eso los debates historiográficos
levantan pasiones políticas, y la
enseñanza de la Historia es un caballo
de batalla permanente entre partidos. La
inclusión o no del término
nación para definir a determinados
territorios es una buena prueba de ello.
Pero en todo debate historiográfico
o político debe prevalecer siempre
el rigor, y no es aceptable usar argumentos
trucados, retorcidos o simplemente falsos
para justificar una postura determinada.
¿Hasta qué
punto tienen base histórica las pretensiones
irredentistas del galleguismo con respecto
al territorio asturiano? Hasta ninguno,
cabe decir. En primer lugar, es radicalmente
falso que la comarca del Navia-Eo (por aquel
entonces toda ella concejo de Castropol)
no formara parte de Asturies. Ahí
están las actas de la Junta General
del Principado para demostrarlo, ya que
desde su constitución hasta su disolución
en 1834 el concejo de Castropol tuvo sus
diputados en la misma. Quizás parte
de la confusión interesada venga
por la no distinción por parte de
quien así argumenta entre fronteras
políticas (las del Principado de
Asturias con el Reino de Galicia, que así
se llamaban durante el Antiguo Régimen)
y fronteras eclesiásticas (las de
la diócesis ovetense con sus vecinas).
En este último caso, hay que decir
que estas fueron mucho más cambiantes
que las políticas, pero que de llevarnos
por ellas habría que concluir que
el resultado sería el inverso al
deseado por quienes azuzan el irredentismo
galleguista, ya que la diócesis de
Uviéu se extendió por territorios
bastante más extensos de los que
forman la Asturies actual, tanto por León
como por la actual Cantabria y Lugo. En
lo que respecta a la Asturies política,
no eclesiástica, ya el testamento
de Alfonso II (siglo IX) menciona el río
Eo como límite occidental de la misma.
Lo que pasó en el
primer tercio del siglo XIX, hasta la división
provincial de Javier de Burgos en 1833,
fue un baile continuo de fronteras administrativas,
que no llegaron a ponerse en práctica,
fruto del afán centralizador y homogeneizador
del proyecto nacionalista del liberalismo
español. En 1810 el gobierno de José
I Bonaparte diseñaba un nuevo mapa
hispánico liquidando los límites
de los viejos reinos y principados y creando
38 prefecturas y 111 subprefecturas. Era
una clara importación del modelo
napoleónico y sustituía los
viejos criterios históricos por los
naturales, ya que el criterio de división
territorial y denominación de las
nuevas unidades se basaba en los cursos
y cuencas fluviales. Así, según
este diseño Asturies pasaba a ser
la Prefectura del Cabo de Peñas,
con capital en Uviéu, y con el concejo
de Castropol integrado en la Prefectura
del Alto Miño (y no Galicia, que,
como tal, dejaba de existir, ya que era
dividida en cuatro prefecturas todas ellas
dependientes directamente del poder central),
aunque el decreto final (R.D. 4-V-1810)
optó por dar a las nuevas prefecturas
el nombre de sus capitales, por lo que Asturies
quedó en Prefectura de Oviedo. Este
modelo, con su imagen racional y su carácter
revolucionario, fue inspiración directa
para los constituyentes de Cádiz.
Así, la Constitución
española de 1812 planteaba también
una nueva organización territorial
inspirada en el modelo francés y
basada en dos instituciones básicas,
Ayuntamientos y Diputaciones provinciales.
Sobre esa base, en 1813 llegaría
a presentarse un proyecto de división
del país en cuarenta y cuatro provincias
que no llegó a debatirse por falta
de tiempo. En ella, las provincias pasaban
a tener el mismo nombre que su capital,
y con ello Asturies pasaba a ser la provincia
de Oviedo, que veía también
modificados sus límites, ya que el
concejo de Castropol pasaba a integrarse
en la provincia de Lugo.
La aplicación real
de estos dos proyectos no fue tal. En el
caso de la de José I, porque tuvo
que aplicarse en un país en guerra
donde el control efectivo del territorio
por parte de las tropas francesas fue variable
y incompleto, y en el de las Cortes de Cádiz,
porque antes de ser aprobado definitivamente,
en mayo de 1814, Fernando VII firmaba el
decreto que derogaba la Constitución
de Cádiz y toda su obra legislativa,
con lo que quedaba restaurada toda la organización
territorial y administrativa anterior a
1808. Por lo tanto, las tierras de Navia-Eo
no llegaron nunca a integrarse ni en Galicia
ni en sus fragmentos, por mucho que pretendan
hacernos creer lo contrario. Es más,
entre 1810 y 1811 Castropol ofició
como capital de Asturies, en tanto que sede
de la Junta General, ya que la mitad oriental
del país estaba en manos francesas.
No fue ese el último
diseño de fronteras hasta 1833. Con
el golpe militar que tuvo en el asturiano
Rafael del Riego su figura más famosa,
Fernando VII se vio obligado a aceptar la
Constitución de Cádiz, inaugurando
así el trienio liberal (1820-23).
Las nuevas Cortes retomaron el trabajo de
desarrollar legalmente el texto constitucional
y después de debatir en 1821 el proyecto
elaborado por Bauzá y Larramendi,
con el Real Decreto del 27 de enero de 1822
entraba en vigor una nueva división
territorial, integrada por cincuenta y dos
provincias, todas ellas con el nombre de
su capital. Asturies volvía a ser
la provincia de Oviedo, como en el proyecto
de 1813, pero con Castropol dentro.
Pero tampoco la división
provincial de 1822 duraría mucho.
En 1823 se producía la intervención
militar de la Santa Alianza para restaurar
la monarquía absoluta en España.
Los 100.000 hijos de San Luis enviados por
Luis XVIII de Francia ocuparon el país
y Fernando VII, otra vez rey absoluto, volvía
a derribar como en 1814 toda la obra legislativa
acorde cola Constitución de 1812.
Aún así, la idea de la reestructuración
territorial siguió circulando: entre
1825 y 1829 van a funcionar varias comisiones
que irán diseñando un nuevo
mapa territorial básicamente igual
al que en el Real Decreto del 30 de noviembre
de 1833, muerto ya Fernando VII, pasará
a la Historia como la división provincial
de Javier de Burgos, ministro de Fomento
desde unos meses antes. Asturies volvía
a ser la provincia de Oviedo, y incorporaba
a su territorio, ya de forma definitiva,
los concejos de las Peñamelleras
y Ribedeva, pertenecientes en ese momento
a la provincia de Santander. Galicia dejaba
de existir formalmente y se convertía
en las cuatro provincias que conocemos hoy
en día.
Esta es, básicamente,
toda la historia. En todo caso, conviene
señalar que usar argumentos historicistas
para pretender reivindicaciones territoriales
es, aparte de falaz, peligroso: las fronteras
van y vienen, y dependiendo de la fecha
que usemos como referencia, el resultado
pude ser muy variable. El nacionalismo gallego
podrá entender que parte de Asturies
o de León debieran formar parte de
Galicia, pero eso no debe basarse en datos
historicistas, por lo demás fácilmente
reversibles aún en el caso de que
fueran ciertos, que no lo son, sino única
y exclusivamente en la voluntad de los habitantes
de los territorios reivindicados. Cierto
es que la propuesta estatutaria del BNG
que tanto revuelo causa menciona explícitamente
esa condición, la voluntad de los
afectados (faltaría más, cabe
decir) pero no deja de ser curioso que aparte
de ello se siga recurriendo a esa Historia
falsificada, organicista y esencialoide
que tanto gusta a ciertos nacionalismos,
empezando por el nacionalismo de estado.
Asturies no debe caer en
ese error. Podemos decir, sin caer en el
esencialismo, que es la nuestra una comunidad
política (aparte de histórica,
lingüística, cultural y económica)
de las más antiguas de Europa. Lo
es porque es un producto histórico,
qué duda cabe, pero sobre todo y
fundamentalmente porque esa es la voluntad
de sus habitantes. Somos asturianos porque
queremos serlo. Los asturianos de Navia-Eo
lo son tanto como los demás, fundamentalmente
porque esa es su voluntad. Esa es la base
de la democracia, y esa es la base del asturianismo
cívico, republicano y no etnicista
que propugnamos desde Izquierda Asturiana
(IAS). El conocimiento de nuestro pasado
colectivo, tantas veces manoseado para convertirnos
en el tarro de las esencias del nacionalismo
español más mohoso, es fundamental
para que no nos den gato por liebre. Sobra
decir que defender esta postura no es hacer
antigalleguismo: a nadie benefician estas
polémicas absurdas, y menos al asturianismo
político, pero al César lo
que es del César y a Asturies lo
que es de Asturies.
Artículu
publicáu en La Nueva España
el 9 de xineru de 2006
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